Energía, joyas, polvo…

Solo sé que no sé nada
Somos polvo, joyas, energía. Adiós al fantasma que fui

Tecnología al límite

Me vine a descansar y, la ciencia no me deja descansar. Nada se, nada soy, dejadme descansar.

Un sorprendente proyecto de física especulativa pretende convertir nuestros cadáveres en pilas eléctricas

A los 50 años de edad y en plenas facultades mentales, Antoine Lavoisier fue ejecutado. Transcurría un 8 de mayo de 1794 cuando la guillotina segó la vida de uno de los más grandes sabios de su tiempo. Un colega del fallecido, el polifacético Joseph Louis Lagrange, señaló conmovido el día después: “Ha bastado un instante para cortarle la cabeza, pero Francia necesitará un siglo para que aparezca otra que se le pueda igualar”. Y es que la voz y él ha ingresado en la historia con letras mayúsculas por ser el padre de la química moderna. Sin embargo, su talento todavía hoy circula inadvertidamente de boca en boca puesto que a él también le debemos la célebre Ley de la Conservación de la Energía. Aquella que más técnicamente suele formularse diciendo que la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma en el curso de diferentes reacciones.
Lavosier experimento ese principio en sus propias carnes.  De modo que, todos lo haremos a menos que apliquen sobre nuestro organismo alguna técnica de preservación. La Biblia recuerda ese destino indefectible a su manera cuando advierte que polvo somos y al polvo regresaremos. Sin embargo, ya que estamos abocados a que la materia de nuestro cuerpo se transforme una vez agotemos su ciclo vital, al menos podría existir la opción de elegir de qué manera que queremos hacerlo.
O lo que viene a ser lo mismo, qué tipo de energía preferimos ser una vez hayamos muerto.
Esto es lo que debieron pensar los ingenieros y artistas James Auger Jimmy Loizeau, quién es han desarrollado un proyecto a medio camino entre la provocación y la ciencia especulativa. Ambos han bautizado a su idea AFTERLIFE y bajo esta denominación planean aprovechar el potencial químico de nuestros cadáveres para convertirlos en energía. El principio que subyace en esta propuesta es  sencillo, aunque el resultado final pueda suscitar un hondo.
AFTERLIFE convierte cada ataúd en un recipiente sofisticado donde el fallecido será tratado como biomasa a partir de la cual se genera electricidad, hasta concluir almacenandola en una pila seca. Una pila que, al finalizar el proceso, llevará los nombres y apellidos del difunto y será entregada a los familiares. En el fondo, no hay mucha diferencia entre este almacenamiento en voltios y la reducción a cenizas tras un proceso crematorio. Es cuestión de acostumbrarse. Será una puerta más para la economía de los países que lo apliquen, además las aseguradoras aplicarán nuevas tasas funerarias elevando sus costes por el avance tecnológico . No en vano, muchas culturas y religiones consideran abominable incinerar a un difunto. En cambio, para otras, la cremación sería la única opción admisible de celebración funeraria. Por lo tanto, parece una cuestión de gusto el cambiar las cenizas por baterías. Y si antes nadie lo había hecho se debió a que aún no existía la tecnología necesaria para llevar dicha transformación a la práctica.
Del mismo modo que quemar cadáveres ceremonialmente no fue posible antes de que se descubriera y dominara al fuego.
Por otra parte, el guardar a nuestros difuntos en pilas electricas permite un recorrido ritual mucho más creativo y sentimental que el ofrecido hasta ahora por las urnas cinerarias. La pila puede ser acoplada a toda una amplia gama de productos tecnológicos alimentados así por la energía del ser querido fallecido. Una manera de hacer presente a un ausente y que dicha presencia brille con luz propia.
Pero la sorpresa ha venido cuando Auger y Loizeau centraron su atención en esta segunda fase del proyecto. Es decir, los usos y disfrutes que cada cual daría a esa “alma alcalina”. En 2009 pidieron a 15 personas que les expusieran lo que les gustaría hacer con una batería AFTERLIFE cargada después de morir con sus propios cuerpos, el de su pareja u otros miembros de la familia. Las respuestas recopiladas no deja indiferente ni al menor interesado.
Unos reservarían  la pila para encender linternas o lámparas en momentos especiales como el cumpleaños del difunto, aniversarios, u ocasiones en las que más se le echara en falta. La energía de la persona serviría así para colmar con la luz de su presencia esos momentos señalados. Otros, en cambio, eligieron experiencias más prosaicas como agotar la batería dentro de un avión teledirigido y cumplir simbólicamente con el sueño de volar. Por último, los más osados no dudaron en aplicar su energía para cargar juguetes sexuales íntimos y continuar así haciéndole el amor a la pareja superviviente tras morir.  un amor mediado electrónicamente que, a buen seguro, la portentosa cabeza de Lavoisier nunca pudo imaginar.

Fuente: Revista enigmas y la autora de este sitio.

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