LA PUBLICIDAD DE LAS ENFERMEDADES

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El trastorno disfórico premenstrual

A la entrada de un supermercado en una zona residencial, una mujer cualquiera intenta sacar un carro de la compra, enganchado a una larga fila de éstos. Siente frustración y enojo. Su exasperación aumenta cuando entra en escena otra compradora, desengancha con toda tranquilidad un carro y se aleja. Al ver este anuncio, puede parecer que esta mujer no sufre más que un típico arranque de estrés o tensión. Pero la gente de la farmacéutica Lilly lo tiene mucho más claro. Esta persona quizá necesite un poderoso antidepresivo porque padece una grave enfermedad mental llamada trastorno disfórico premenstrual (TDPM), una nueva enfermedad reconocida en Estados Unidos meses antes de la emisión del anuncio.

    ¿Crees que es un síndrome? Podría ser  trastorno disfórico premenstrual

Anuncio de Lilly

Jean Endicott, catedrática de la Universidad de Columbia, nos explica que el trastorno disfórico premenstrual es una enfermedad psiquiátrica que padece hasta un 7 por ciento de la mujeres.

Paula Caplan, profesora de la Universidad de Brown, afirma que es una dolencia prácticamente inventada, y que no hay pruebas científicas concluyentes que la distingan de las dificultades premenstruales habituales. Peor aún, alega Caplan, el uso de una etiqueta médica para intentar explicar de manera convincente las graves perturbaciones que algunas mujeres experimentan antes del periodo, conlleva el riesgo de enmascarar las causas subyacentes de su padecimiento.

En Estados Unidos, la FDA ha aceptado la existencia del TDPM y ha aprobado su tratamiento con Prozac, de Lilly, y otros antidepresivos similares, mientras que en otras partes del mundo ni siquiera es una enfermedad reconocida. De hecho, no está catalogada como trastorno individualizado en la Clasificación de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud.1 

E incluso en Estados Unidos, a pesar de los esfuerzos de Jean Endicott, los laboratorios Lilly y otros, el TDPM sólo se menciona provisionalmente en el manual de trastornos psiquiátricos y, por lo tanto, aún no ha sido reconocido oficialmente como enfermedad.2

Pero esta controversia científica permanece oculta bajo la avalancha de anuncios televisivos y de revistas sobre TDPM en Estados Unidos, dirigidos en buena parte a las jóvenes. La industria farmacéutica, valorada en unos 500 mil millones de dólares, ha identificado otro gigantesco mercado  -las mujeres en edad d concebir-, y el mundo del marketing exige mensajes simples y claros. Los altibajos emocionales que preceden al periodo ya no son una parte normal de la vida, sino que se han convertido en un indicio de una enfermedad psiquiátrica. En palabras de Caplan, al ver estos anuncios, “las mujeres aprenden a considerarse enfermas mentales”3

Jean Endicott, una docente afable y trabajadora, opera desde una pequeña oficina perdida en el sótano de un hospital psiquiátrico de Nueva York. En claro contraste con Caplan, insiste en que el TDPM es un trastorno auténtico que puede incapacitar gravemente a quienes lo sufren, y que con frecuencia no se diagnostica ni se trata correctamente.

Endicott agradece el empeño de los laboratorios en tomarse más en serio la enfermedad. Fue ella quien lideró la principal reunión científica -patrocinada por Lilly y con la asistencia de los visitadores médicos de la compañía-, que allanó el camino para dos de los pasos más importantes en el desarrollo de este flamante trastorno: su aceptación por parte de la FDA y la aprobación del fármaco de Lilly como el primer producto para su tratamiento. En cuanto a si resulta apropiado que las compañías farmacéuticas publiciten este tipo de enfermedades en televisión, Endicott está muy de acuerdo: “Creo que educa a la gente”.4

Actualmente, la industria farmacéutica de Estados Unidos invierte más de 3 mil millones de dólares al año en publicidad directa para el consumidor, promocionando sus productos más rentables. Los presupuestos para publicidad que antes sólo se destinaban a médicos limitándose a ofrecerles rosquillas y muestras gratis- y a importantes líderes de opinión, hoy en día también se dedican en buena medida al público en general. Los boletines de noticias que se emiten en franjas horarias de mayor audiencia están plagados de anuncios de fármacos.5

Sin embargo, y cada vez con más frecuencia, estos anuncios no se limitan a vender medicamentos, sino también las enfermedades relacionadas con éstos. El anuncio del carro de la compra para el TDPM es parte de una nueva forma de publicidad en televisión, diseñada para dar a conocer dolencias desconocidas a millones de personas. Así como las aseveraciones sobre beneficios y riesgos de los medicamentos están reguladas por ley -aunque sin excesivo rigor-, las aserciones sobre enfermedades continúan siendo un terreno en el que todo está permitido.

Estados Unidos y Nueva Zelanda son los únicos países desarrollados del mundo que no ponen ninguna restricción a la publicidad de fármacos dirigida a los consumidores.            Sin embargo, otros como Australia, Canadá y el Reino Unido, permiten que las compañías patrocinen campañas de ” concienciación sobre enfermedades” que incluyen publicidad y otro tipo de presencia de los medios. Puesto que el gasto en fármacos ha crecido espectacularmente en muchos países, y a medida que se extiende la opinión de que setas campañas de “concienciación” son sólo una forma encubierta de publicidad de fármacos, los debates sobre una regulación más estricta de todas estas actividades de marketing se han multiplicado por todas partes.

En Gran Bretaña, estos asuntos se han tratado con tanta seriedad que a solicitud de Parlamento se ha abierto una investigación, mientras que desde el propio seno del gobierno neozelandés se ha impulsado la creación de regulaciones más estrictas sobre la publicidad tanto de fármacos como de enfermedades. En Canadá, Australia y Europa, los gobiernos nacionales hacen malabarismos para conciliar las crecientes preocupaciones de los consumidores sobre este marketing de masas y la presión de la industria farmacéutica y también de algunos medios para que liberalicen las emisiones de las ondas, como en Estados  Unidos.

Uno de los críticos más conocidos y mejor informados acerca de la publicidad de la industria farmacéutica es el Dr. Peter Mansfield, un médico generalista de Australia que, desde la ciudad de Adelaida, participa en Healthy Skepticism (Sano Escepticismo), una organización reconocida a nivel mundial. Según el infatigable Mansfield, conseguir información fidedigna sobre temas de salud para los consumidores es como buscar una aguja en un pajar. La publicidad de los laboratorios farmacéuticos, añade Mansfield con su inconfundible sonrisa, “no hace más que aumentar el tamaño del pajar”.6

Hasta hace muy poco, muchas de la críticas que se le hacían a la publicidad se referían a la forma en que puede inducir a error sobre los riesgos y beneficios de los medicamentos nuevos, pues en muchos anuncios nuevos, pues en muchos anuncios se tienden a exagerar los beneficios y quitarle importancia a los efectos secundarios, lo que, dentro de todo, no es de extrañar.7 De hecho, la FDA, que regula la publicidad de fármacos en Estados Unidos, con frecuencia  escribe a las compañías para advertirles de que sus anuncios son tan engañosos que han infringido la ley. Al final, resulta que el anuncio del carro de la compra de  Lilly fue uno de los que mereció una de estas cartas “carecía de equilibrio” porque minimizaba la información sobre los efectos secundarios del fármaco.8  Pero en última instancia, como suele ocurrir, la FDA se limitó a solicitar cortésmente a Lilly que retirase el anuncio. A pesar de las continuas violaciones por parte de la industria, y de que decenas de millones de estadounidenses estén constantemente expuestos a información engañosa sobre los riesgos y beneficios de fármacos ampliamente prescritos, lo cierto es que las compañías no son multadas y sus ejecutivos no tienen que rendir cuentas.9

Estos días, sin embargo, ha surgido otro tema relacionado con el análisis de la publicidad de la industria farmacéutica. Se está descubriendo que cada vez hay más anuncios que ayudan a vender la idea de que las experiencias normales de la vida cotidiana son síntomas de enfermedades que requieren un tratamiento farmacológico. Junto a otros colegas, el dúo de la  Escuela de Medicina de Darmouth, los doctores Steve Woloshin y Lisa Schwartz, analizaron recientemente setenta anuncios de compañías farmacéuticas publicados en diez revistas estadounidenses muy populares. Descubrienron que casi la mitad animaba a los consumidores a considerar como enfermedades ciertas vivencias corrientes, normalmente urgiéndolos a consultar con sus médicos. 10 Los anuncios incidían sobre aspectos de la vida cotidiana como los estornudos, la caída del cabello o el sobrepeso -cosas que, sin duda, mucha gente puede solucionar sin ver a un médico- y las presentaban como si fuesen parte de una enfermedad. Los investigadores conjeturan que la publicidad está “medicalizando” las experiencias corrientes, extendiendo en demasía los límites de la influencia de la medicina.

La Dra. Barbara Mintzes, que incluyó en su doctorado de la Universidad de British Columbia  un riguroso examen de la publicidad de las compañías farmacéuticas, vigila de cerca tendencias. También descubrió que, hoy en día, muchos anuncios promueven enfermedades, no sólo fármacos, y que contribuyen a “medicalizar” la vida, como ella misma dice:”Llevan hasta un grado sin precedentes el mensaje de que hay un medicamento para cada padecimiento y, cada vez más, de que hay un padecimiento para cada medicamento”.11  Hemos pasado del fármaco aprobado para tratar a gente que padece una enfermedad real a la idea de que todo lo que hay que hacer es tomar una pastilla para lidiar con situaciones normales de la vida.12

En particular, a Mintzes le indigna la promoción del TDPM, anunciado persuasivamente en revistas que leen las adolescentes, así como en anuncios de televisión. En su opinión, la campaña parece haber sido diseñada para hacer que las más jóvenes sientan que hay algo malo en las habituales fluctuaciones emocionales que experimentan a medida que se acerca el periodo. Si bien admite que para algunas persona se trata de un problema grave, a Mintzes le preocupa el hecho de que los anuncios muestren una imagen superficial de lo que significa ser una mujer joven. ” Las personas se sienten presionadas para que se sientan deferentes de los que son”13  

En todos los tratamientos suele haber un equilibrio entre beneficios y daños. Para quien está muy enfermo, la probabilidad de una mejoría compensa el riesgo de los efectos secundarios de los fármacos. Los antidepresivos como Prozac, prescritos para el TDPM, tienen muchos efectos secundarios, incluyendo serias dificultades sexuales, y, en el caso de los adolescentes, un aparente aumento en el riesgo de comportamiento suicida.14  Quizá valga la pena asumir este peligro si se trata de alguien gravemente debilitado por la depresión clínica crónica, ¿pero también para una mujer que discute con su novio o que se siente frustrada por el carro de la compra?

“Cuando das fármacos a gente que está sana, causas un desequilibrio” dice Mintzes. “Si estás sano, la probabilidad de obtener un beneficio es mucho más pequeña, y de ahí que nuestra inquietud sea pensar que con estos tratamientos farmacológicos quizás estemos causando mucho más daño que beneficio en la población general”.15

La profesora neoyorquina Jean Endicott rechaza tajantemente que el TDPM sea un ejemple de la “medicalización” de la vida cotidiana. Es un insulto sugerir que las jóvenes con síntomas menos graves se pondrán a buscar tratamiento. Las mujeres no van por ahí diciendo: “Dadme una píldora para todo”.16

Conseguir pruebas científicas sólidas que ayuden a saldar esta diferencia de opiniones es difícil. La opinión de Mintzes está basada en el convencimiento de que la promoción agresiva de enfermedades como el TDPM tiene como consecuencia que muchas personas sanas se vean así mismas como enfermas y que terminen optando por terapias farmacológicas que les hace más daño que bien. Su investigación se añade a un conjunto de pruebas que muestran que estos anuncios sí que mueven a muchas personas a consultar con sus médicos, y que éstos pueden terminar prescribiendo los fármacos publicitados, aunque duden de que sean adecuados para el problema en cuestión.17 Pero hay pocos estudios importantes, o ninguno, que hayan investigado rigurosamente si la publicidad directa a los consumidores lleva a la identificación errónea de enfermedades o a la prescripción inapropiada y perjudicial de fármacos. Sin embargo, lo que está claro como el agua es que estos anuncios estimulan las ventas.

Los ejecutivos de la industria alegan que el argumento de mayor peso para la publicidad directa a los consumidores es el hecho de que problemas serios de salud como el colesterol alto, la hipertensión, la depresión y, por lo visto, el TDPM, están subdiagnosticados y subtratadas.18 En u número especial del British Medical Journal dedicado a este tema y titulado ¿Demasiados medicamentos?, dos altos ejecutivos de los laboratorios Merck afirman que las normas que regulan la publicidad de fármacos en Europa debían relajarse para ayudar a resolver el grave problema de las enfermedades subtratadas. Aseguraron que había muy pocas pruebas que apoyasen la opinión de Mintzes y otros de que la publicidad conduce a la prescripción inapropiada o dañina,  ” limitan los derechos de las personas a tener toda la información que necesitan para tomar decisiones acerca de su salud”.   

Un punto débil de este argumento es que no reconoce la polémica y la incertidumbre en torno a las decisiones de las enfermedades comunes que, según ellos, no se diagnostican lo suficiente.

Si, para empezar, se exageran las estimulaciones acerca del número de personas que padecen dolencias y que requieren tratamiento -como algunos consideran que es el caso del colesterol elevado y la depresión, por poner un ejemplo-, entonces las afirmaciones de que estas enfermedades están subtratadas merecen ser recibidas con altas dosis de escepticismo. En el caso del TDPM, asegurar  que no se diagnostica ni se trata lo suficiente no tiene ningún sentido si la enfermedad ni siquiera existe.

Según un importante informe escrito por la industria farmacéutica europea como parte del empeño en relajar las regulaciones sobre publicidad, hay pruebas sólidas de que enfermedades como el Alzheimer, la depresión, el cáncer y las dolencias cardiacas están subtratadas . 19 No obstante, dos investigadores italianos que analizaron el informe refutaron estas afirmaciones, alegando que el informe de la industria citó las pruebas de manera sesgada, haciendo referencia a los estudios que demuestran los casos de subtratamiento, pero dejando de lado otros estudios con ejemplos de abuso de tratamiento. “No se cita ni un solo estudio sobre uso exagerado, solamente se mencionan los casos de uso insuficiente”, concluyeron los italianos. 20

Nadie duda de que haya gente que no recibe la atención médica que realmente necesita, particularmente entre la población pobre de las naciones ricas y los países en desarrollo. Y es lícito cuestionarse si gastarse millones en anuncios sobre el TDPM en la televisión y las revistas sea la mejor manera de solucionar este problema. Con referencia, la falta de tratamiento está más asociada con la carencia de recursos o acceso que con la falta de información. Y en cuanto a la afirmación de que la publicidades es la mejor manera de educar, informar e impulsar una mayor variedad de opciones, el subdirector de JAMA, el Dr. Drummond Rennie, no está de acuerdo.  ” La publicidad directa al consumidor no tiene nada que ver con la educación del público y sí con (…) el aumento de las ventas del producto”.21

La historia reciente de las dolencias noveles como el TDPM también está muy asociada con e estímulo de las ventas, en este caso de antidepresivos. Si analizamos detenidamente esta historia, obtendremos una prespectiva fascinante del proceso por el que se trae al mundo una nueva enfermedad, y de los diversos actores que la alimentan en los años previos a su debut en el escenario mundial, mediante elaborados anuncios televisivos. Para subrayar lo polémico que en realidad resulta este trastorno, baste con decir que las autoridades europeas de salud terminaron prohibiendo a Lilly que promocionase Procaz para el TDPM, porque era “una enfermedad con identidad bien establecida en Europa”. 22

Como la idea de que la menopausia es una enfermedad causada por la deficiencia de estrógenos, los estudiosos rastrean el origen del concepto moderno del TDPM en la década de 1930, cuando se acuñó por primera vez el término “tensión premenstrual”. Ya en 1960, la comunidad médica describía el “síndrome premenstrual” (SPM), caracterizado por síntomas corrientes como la retención de líquidos, irritabilidad y mal humor. Al escribir sobre la historia del SPM, investigadoras feministas como Joan Chrisler y Paula Caplan han descubierto que hay tantas definiciones diferentes que resulta casi imposible establecer un concepto general. Aun más, han llegado a contar hasta 150 síntomas supuestamente asociados con la enfermedad. “El concepto  del SPM es tan vago y flexible que casi todas las mujeres pueden identificarse con éste”. 23

Al examinar las referencias al SPM en la cultura popular y en la literatura médica, Chrisler y Caplan se dieron cuenta de que se trata de una noción esencialmente occidental, y de que la mayoría de los estudios se han hecho en Europa, Norteamérica y Australia. Si bien las mujeres de cualquier parte del mundo experimentan tensión, irritabilidad y retención de líquidos antes del periodo, muchas no lo consideran anómalo ni sienten que requieran la intervención de un profesional.

Las dos autoras argumentan que mucho antes de la creación del TDPM, el uso extendido del término “síndrome premenstrual” ya había medicalizado los ciclos menstruales, es decir, el mismo ciclo se había convertido en un problema médico que necesitaba una solución.

Aunque son muy críticas de lo que perciben como un claro ejemplo de la medicación innecesaria, ambas reconocen que muchas mujeres sienten que sus preocupaciones no se toman en serio sino se les da una explicación médica. De la misma manera, argumentan, mucha gente puede pensar que el debate sobre SPM es favorable a las mujeres, y calificar de insensibles y poco comprensivos a quienes rechazan la idea de darle una etiqueta médica.

Con la incertidumbre y el debate sobre la definición y significado del SPM como telón de fondo, a mediados de los años 1980 un pequeño grupo de psiquiatras y otros colaboradores de la American Psychiatric Association (Asociación Americana de Psiquiatría) se reunieron para intentar definir una enfermedad. La idea era diferenciar las quejas premenstruales normales de una grave modalidad de perturbaciones del humor que iba y venía cada mes, pero que resultaba lo bastante seria en algunas mujeres como para incapacitarlas y solicitar un tratamiento. El grupo fue impulsado por la respetable figura del Dr. Robert Spitzer, en aquel momento responsable de la revisión de la biblia de la psiquiatría, el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM).24

Cada vez que el DSM se revisa se añade nuevos trastornos, pero en las últimas décadas, las cifras se han multiplicado. En términos físicos, el libro comenzó siendo un volumen delgado, pero desde entonces se ha metamorfoseado en un tomo grueso. Bajo la dirección de Robert Spitzer -colega de Jean Endicott en el New York State Psychiatric Institute- ,el número de nuevas enfermedades catalogadas en el DSM se ha disparado. Tan deseoso estaba de añadir nuevas enfermedades al manual, que el ahora anciano Spitzer confiesa que algunos de sus colegas más jóvenes solían bromear con él acerca de que no había trastorno que no le gustara.25

El TDPM ha sido una de las dolencias que más polémica ha despertado al incluirse, y se conocía en principio por el poco elegante nombre de trastorno disfórico de la fase luteal tardía (LLPDD, por sus siglas en inglés) cuando el comité de Spitzer se sentó a discutirlo, en el verano de 1985.

Según el recuento de Spitzer de los acalorados debates de aquel periodo, incluso en el mismo comité no se ponían de acuerdo sobre si incluir o no aquel supuesto trastorno mental nuevo en el DSM. Parte del recelo obedecía a lo poco que se sabía sobre sus causas, o sobre cómo tratarlo, críticas que tanto Spitzer como sus colegas reconocen. Sin embargo, resulta irónico que esta falta de conocimiento se convirtiese en una poderosa razón para crear la nueva enfermedad, gracias a los entusiastas que alegaron que su inclusión en el DSM facilitaría más investigaciones sobre su origen y tratamiento,26

Otra preocupación esencial que algunos miembros del comité de Spitzer comentaron desde el inicio fue que como todas las mujeres experimentan distintos grados de síntomas premenstruales, existía el peligro de que los psiquiatras terminasen etiquetando de trastorno mental lo que no era más que aspectos normales de la vida cotidiana. A pesar de que también admitieron como válida esta inquietud, Spitzer y quienes lo apoyaban replicaron que lo mismo podía argüirse con respecto a muchos trastornos mentales consolidados. Por ejemplo; la depresión no era más que una forma extrema de tristeza. El argumento de Spitzer era que este tipo de dolencias había que ser muy cuidadoso a la hora de establecer las fronteras entre lo normal y lo anómalo. Pero no explicó de qué manera podían sobrevivir esos límites en la vorágine del marketing de medios, diseñado específicamente para desdibujarlos. Si bien sobre el papel los criterios estrictos que definen las enfermedades con gran potencial de incapacitación pueden parecer una barrera razonable para un grupo de psiquiatras, en el mundo real de la promoción de fármacos una mujer que tiene dificultades para desenganchar un carro de la compra, vista por millones de personas en Estados Unidos, se convierte en la definición de un nuevo trastorno.

A pesar de las objeciones de dos de sus miembros, el comité original de Spitzer recomendó la inclusión de la enfermedad, entonces conocida como LLPDD, en el DSM. La recomendación suscitó un aluvión de críticas de algunos grupos de mujeres y de asociaciones profesionales, subrayando lo prematuro de tal adición. La solución de compromiso fue la de incluir la nueva enfermedad, pero sólo en el apéndice del manual, como un trastorno que requiere más investigación. Por lo tanto, ni siquiera entraba dentro de la categoría oficial cuando la siguiente versión del manual se publicó, en 1987. 27

Seis años más tarde durante los prolegómenos de la siguiente revisión del DSM, otro comité volvió a debatir sobre lo mismo. A pesar de haber revisado cientos de estudios, los miembros del comité concluyeron que aún había muchas dudas en torno a la definición de la enfermedad. No se llegó a un consenso sobre si se trababa de una enfermedad psiquiátrica aparte, y se requería más investigación para resolver la disputa. En aquel momento el nombre “trastorno disfórico de la fase luteal tardía” fue sustituido por el de trastorno disfórico premenstrual, pero siguió incluido en el DSM como una dolencia que debía investigarse en mayor profundidad.

 

En este punto, sin embargo, se produjo otra circunstancia significativa. A pesar de las dudas y disputas del comité, los editores de manual tomaron la inusual decisión de clasificar el TDPM como un auténtico trastorno depresivo y lo incluyeron en el cuerpo principal del DSM, aunque continuaba en el apéndice del manual calificado como enfermedad provisional no oficial que necesitaba de más investigaciones. Aunque esto resultaba algo contradictorio, fue importante desde el punto de vista comercial, porque otorgó al TDPM un preciado código que permitiría a los médicos prescribir fármacos para tratarlo, y a las mutuas cubrir el coste de estos fármacos.28  

Fue entonces cuando los rifirrafes entre los científicos que discutían sobre esta nueva enfermedad se convirtieron en grandes desacuerdos. La psiquiatra Sally Severino -miembro del comité que intentaba definir la nueva enfermedad- recuerda que fue entonces que se alejó de sus colegas Spitzer y Endicott. Los datos no probaban la existencia del TDPM como un diagnóstico válido, afirmo. La decisión de convertirlo en un trastorno depresivo estuvo más basada en consideraciones políticas que científicas.29 Hacer que la enfermedad adquiriese una mayor legitimidad como enfermedad mental, explicó Severino, abrió el camino para el lucrativo financiamiento de estudios por parte de las compañías farmacéuticas. “En lo que a mí respecta, la decision no se basó en los datos que examinamos”. Entonces, ¿existe el TDPM? “Buena pregunta “, rió

Medicamentos que nos enferman

Lo que sucedió a continuación ayudaría a catapultar una enfermedad desconocida, oficiosa y para algunos inexistentes, desde las últimas páginas de un manual de psiquiatría a las portadas de las revistas de moda y a las pantallas de televisión en todo el mundo, gracias a Lilly, conocida sobre todo por su antidepresivo superventas Prozac – cuyo nombre químico es fluoxetina–  estaba a punto de vencer, y Lilly se enfrentaba a la perspectiva de perder cientos de millones de dólares debido al surgimiento de genéricos más baratos. Obtener la aprobación de un fármaco para el tratamiento de una nueva enfermedad quizá daría impulso a las ventas.

A finales de 1988, Lilly ayudó a financiar una pequeña reunión sobre el TDPM, calificada pomposamente de “mesa redonda” de investigadores. Esta reunión de tan sólo dieciséis expertos tuvo lugar en la ciudad de Washington, y a ella asistieron funcionarios de la FDA y al menos cuatro representantes de Lilly. Al frente; Jean Endicott, de la Universidad de Columbia, que llevaba una década impulsando la aceptación de este trastorno. Esta vez, sin embargo, Endicott tenía de su lado a un gigante farmacéutico.

A los doce meses, los resúmenes de aquella “mesa redonda” se publicaron en un artículo de una revista médica que afirmaba que se había llegado a un consenso científico sobre la calificación del TDPM como “entidad clínica diferenciada.”32 Aunque el artículo apareció en una revista de poca importancia, su publicación brindaría credibilidad a las afirmaciones de que se trataba de un trastorno real y ayudaría a convencer a la FDA de que diese su visto bueno al fármaco de Lilly para el tratamiento de la enfermedad, apenas unos meses más adelante. Aunque se les solicitó, ni los representantes de Lilly ni los de la FDA hablaron públicamente sobre la mesa redonda. Ninguno de ellos ha ofrecido explicaciones acerca del hecho de que una reunión patrocinada por un laboratorio pueda, por lo visto, tener un papel tan importante en la aceptación de una enfermedad y en la aprobación simultánea del fármaco del patrocinante. Aunque es evidente que la mesa redonda se planeó para ayudar a obtener la aprobación del nuevo uso del Prozac, también pretendía acabar con la incertidumbre científica sobre la existencia o no del TDPM. Tal y como sucedieron las cosas sólo sirvió para poner de manifiesto que la polémica seguía en pie.

La reunión se produjo a la sombra de una sola compañía, Lilly. Fue impulsada por una sola compañía y sólo sus representantes estuvieron presentes. Lilly ha rechazado numerosas solicitudes de entrevistas y ha rehusado contestar una de las preguntas claves de este caso: ¿Cual fue su papel en la transformación de los resúmenes de la mesa redonda en un artículo publicado en una revista médica, artículo que ayudó a proporcionar los fundamentos científicos para la aprobación del antidepresivo de la compañía para esta controvertida enfermedad? En el mundo de la medicina, la práctica de los artículos financiados por compañías y escritos por “negros” está muy extendida, particularmente en el campo de la psiquiatría.33  Cuando se le preguntó sobre el hecho de que los laboratorios financien actividades científicas de tal importancia -en las que se debate la existencia de nuevos trastornos-, Endicott tan sólo explicó: “Así son las cosas de la vida”.34

Críticos como Paula Captlan alegan que desde el inicio de 1990 no han surgido nuevas pruebas científicas que demuestren que se trata de una enfermedad, de modo que en la época de la mesa redonda de 1998, el TDPM aún no merecía el estatus de trastorno mental diferenciado. La psiquiatra Sally Severino está de acuerdo. Jean Endicott disiente y afirma que había nuevas y significativas pruebas, aunque no muchas. A pesar de las limitadas pruebas que Endicott mencionaba, incluso desde el punto de vista del artículo resultaba claro que aún había mucha incertidumbre en torno a este trastorno, incluso dentro del pequeño grupo de expertos escogidos a dedo que asistieron a la reunión.35

El resumen que Endicott hace de la mesa redonda incluye un importante matiz, que apunta a la permanencia de ciertas dudas. “La mayoría de los representantes están convencidos (quizás en grados diferentes) de que el TDM es una identidad diferenciada”. Pero a pesar de las dudas y los desacuerdos, la reunión patrocinada por Lilly tuvo dos conclusiones esenciales: había un presunto consenso acerca de la existencia de la enfermedad, y la mayoría de los representantes opinaba que había suficientes pruebas que avalaban  el uso de antidepresivos como Prozac para tratarla.

En la Navidad de 1999, en una reunión de consultores de la FDA se votó unánimemente a favor de la aprobación de la fluoxetina de Lilly para el tratamiento del TDPM. Poco después, la FDA dio luz verde de manera oficial al laboratorio para la comercialización del fármaco para el TDPM, y la compañía organizó su pertinente lanzamiento. Pero los acontecimientos dieron un giro sin precedentes, y la píldora no se lanzó con el nombre de Prozac. Lilly había encargado unos sofisticados estudios de mercado con médicos y potenciales pacientes, y como resultado decidió dar a Procaz unos nuevos y atractivos colores azul y rosa, además de ponerle el nombre de Sarafem.

Para especialistas en marketing farmacéutico como Vicen Parry, la historia del TDPM y Sarafem es un gran ejemplo de cómo una compañía fomenta la creación de una enfermedad y la asocia con un fármaco”.  36

Parry trabajó para Lilly en esta campaña, que describe como una contribución al esfuerzo “de información sobre la información sobre la enfermedad y el fármaco”. En primer lugar, explica, la compañía patrocinó una “iniciativa de prelanzamiento” para dar a conocer la enfermedad. “Al cambiar el nombre de Prozac a Sarafem -con píldoras de color azul lavanda, promocionadas con imágenes de girasoles y mujeres atractivas-, Lilly creó una marca que se ajustaba como un guante a las características de la enfermedad”.37

En el caso del TDPM y Sarafem,continúa, los estudios de mercado de Lilly se centraron en la mejor manera de denominar la marca y la enfermedad, para descubrir el lenguaje con el que las mujeres se sentía cómodas. El TDPM, según Parry, “tiene una cierta personalidad en la que se pueden ver reflejadas (…), incluso las mujeres que salían en los anuncios creados para la ocasión no tenían el aspecto atemorizado de las personas  deprimidas. Se trataba de mujeres seguras, con confianza en sí mismas, que no tenían miedo de pedir ayuda y que reconocían que era una enfermedad de la que no tenían por qué avergonzarse; todos estos factores se desarrollaron con la ayuda de las propias pacientes, para asegurarnos de obtener resultados concluyentes”.38

No obstante, a pesar del gran empeño de Lilly y Parry, la “personalidad” tanto de Sarafem como del TDPM resultó un tanto equívoco, en parte debido a algunas reacciones negativas que suscitó el anunciodel carro de la compra difundido en todo Estados Unidos. Hasta la FDA -tan amiga de la industria- reaccionó alegando que el anuncio banalizaba la seriedad de este presunto trastorno mental nuevo, al asociarlo con los problemas menstruales normales. En una carta a Lilly, la FDA fue particularmente crítica con el pegadizo lema: “¿Crees que es SPM? Podría ser TDPM”. 39

La carta explicaba que el anuncio nunca establecía claramente la diferencia entre el SPM y el TDPM y, por lo tanto, “ampliaba” la enfermedad hasta límites irrazonables. Si bien la FDA ha aceptado sin reservas la existencia del TDPM, sus críticas refuerzan, irónicamente, los recelos de aquéllos que piensan que la vida cotidiana se está convirtiendo en una enfermedad . Según la investigadora Barbara Mintzes, “estos anuncios de verdad te venden panacea de que ya no tienes que lidiar con lo que solía ser una parte normal de la vida”.40 Y la psicóloga Paula Caplan comenta, “en pocas palabras, ves que toman una experiencia corriente y la convierten en una enfermedad mental”. 41

La inquietud de Caplan sobre la trivialización de problemas verdaderamente graves proviene de una perspectiva diferente que la de la FDA. Caplan se preocupa por la posibilidad de que una calificación psiquiátrica como el TDPM se use para cubrir o enmascarar las fuentes reales del dolor y la angustia que sufren algunas mujeres cuando tienen el periodo. Estas fuentes pueden incluir un historial de relaciones violentas, circunstancias de vida estresantes, pobreza o acoso; problemas que claramente una píldora  no puede resolver.42

A pesar de estas dudas, el marketing tanto de la nueva enfermedad como del antidepresivo para su tratamiento continúa a buen paso en Estados Unidos. En Europa, sin embargo, la comercialización de Sarafem / Prozac (fluoxetina) para el TDPM se interrumpió abruptamente. A mediados de 2003, tras deliberar sobre el etiquetado estándar de productos en  toda Europa, el principal organismo regulador emitió una mordaza declaración en la que se planteaba seriamente la existencia de la enfermedad. También criticaba con fiereza la calidad de las pruebas clínicas de la compañía que pretendían mostrar los beneficios del fármacos.

Una comisión de la Agencia Europea de Evaluación de Productos Medicinales indicó que “el TDPM no es una enfermedad firmemente consolidada en Europa. No está incluida en la Clasificación Internacional de Enfermedades y continúa siendo un diagnóstico que investigar en el DSM IV“. Pero su siguiente conclusión fue la razón más poderosa que se esgrimió para detener la promoción de Prozac para el TDPM, y se hacía eco del argumento, ahora familia, de las feministas. “Existen grandes recelos acerca de la posibilidad de que las mujeres con síntomas premenstruales menos graves reciban un diagnóstico erróneo de TDPM, lo que traduciría en el uso extendido de fluoxetina a corto plazo y largo plazo”.43

A continuación, los reguladores criticaron vigorosamente dos de los principales estudios de Lilly sobre Prozac/fluoxetina para el TDPM, afirmando que eran muy deficientes. Se trataba de pruebas de corta duración, las pacientes no eran de muestra representativa de quienes recibirían el fármaco y, aún peor, no quedaba claro lo que se medía en los estudios, con lo que el valor de los resultados era cuestionable en cualquier caso. Los descubrimientos condenatorios de esta comisión contrastan marcadamente con las conclusiones de la mesa redonda patrocinada por Lilly con expertos estadounidenses: las autoridades reguladoras europeas no estaban en absoluto convencidas de que hubiese pruebas suficientes que justificasen el uso de Prozac, de la farmacéutica Lilly, para el TDPM.

Paula Caplan agradeció el gesto. “Creo que es una decisión maravillosa”, comentó. “Esta estrecha vigilancia sobre fundamentos científicos en los estudios es muy poco común y debe ser elogiada”. A Jean Endicott no le impresionó, afirmando que la decisión hacía un pobre servicio a las mujeres. Lilly se obligaba a informar por carta a los médicos en Europa sobre la decisión de las autoridades de prohibir el Prozac para el TDPM, una medida que, como era de esperar, el portavoz de la compañía calificó de “desafortunada”. 44

Aunque la FDA criticó los primeros anuncios de Lilly, el organismo regulador de Estados Unidos ha seguido dando su aprobación a otros antidepresivos similares para el TDPM, incluyendo Zoloft de Pfizer y Paxil de GSK.

Y como ocurre hoy en día con la aprobación de muchos fármacos, está viene acompañada de “campañas de información”, financiadas por las compañías, sobre la enfermedad que el medicamento ha sido aprobado para tratar. El marketing de Pfizer del TDPM incluso llega a utilizar parte de las palabras y conceptos empleados por Lilly.

“¿Estás perdiendo días por lo que crees que es SPM? Si es así, podría tratarse de TDPM”

                                                                                                                   Anuncio de Zoloft

Es muy probable que estos anuncios más recientes no hayan sido sometidos al mismo escrutinio por parte de las autoridades que el de los primeros anuncios de Lilly, en el año 2000. Poco después de asumir el poder ese mismo año, la administración Bush designó a un fiscal como consejero oficial de la FDA, un abogado que previamente había trabajado como consultor legal del lado de la compañías farmacéuticas y contra la FDA. Su llegada supuso una serie de nuevos procedimientos que exigían que las cartas de advertencia para las compañías farmacéuticas primero tenían que ser aprobadas por su departamento, donde inevitablemente se acumulaban. Lo que solía ser un torrente continuo se terminó convirtiendo en un lento goteo, y las cartas se enviaban con tanto retraso que más de una vez llegaron al laboratorio mucho después de que la campaña cuestionada hubiese terminado. 45

Los anuncios de GSK para Paxil y el TDPM son incluso más descarados en su empeño por difuminar las barreras entre la vida ordinaria y la enfermedad mental.

                           “Siempre pensé que no era más que SPM. Ahora sé que no es así. ¿Malhumorada ¿Susceptible? Podría ser TDPM”46

Dado que este tipo de campañas claramente dirigen a mujeres normales y sanas que experimentan problemas comunes, el tema de los efectos secundarios adquiere mucha más importancia. Un típico efecto secundario de estos tres fármacos son los problemas sexuales serios. Y como se ha descubierto, muchos años después de su aprobación original, los efectos secundarios de Paxil son particularmente inquietantes, incluyendo problemas tras su retirada que pueden llegar a ser muy graves. 47

Pero el problema de la retirada es sólo uno de los retos del superventas Paxil, también conocido como Seroxat y Aropax. Uno de los antidepresivos más vendidos en el mundo, este fármaco también se convirtió en la gallina de los huevos de oro de GSK, el gigante angloamericano de los laboratorios. Buena parte del éxito extraordinario de Paxil se debió a que estaba aprobado para tratar más enfermedades que casi todos sus competidores.

En última instancia, sin embargo, la dolencia más polémica no fue el TDPM, sino un oscuro trastorno psiquiátrico que la compañía puso en primer plano al afirmar que una de cada ocho personas lo padecía. Para ayudarlo a lanzar este nuevo trastorno, GSK recurrió a una de las empresas de comunicación más grandes del mundo. Esta compañía dirigiría una campaña de relaciones públicas con varios premios en su haber que se convertiría en un caso clásico de la venta de enfermedades.

   Fuente:  2005 Ray Moynihan y Alan Cassels. Selling sickness. How drug companies are turning us all into patients.

Aconsejo su lectura de principio a fin de maravilloso Best Seller Mundial.

Edición española. Primera edición: junio de 2006. Cuyo artículo publicado pertenece al mismo. Sin embargo; su traducción y estilo dejan mucho que desear desde mi modesta opinión.

Traducción: Helga Montagut. Diseño de la cubierta: Toni Miserachs. De igual modo deja mucho que desear dado el mensaje directo de los autores, siempre desde mi humilde punto de vista.

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Un comentario en “LA PUBLICIDAD DE LAS ENFERMEDADES

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